Señor editor:
La artritis reumatoide (AR) y el lupus eritematoso sistémico (LES) son enfermedades reumáticas que requieren un manejo adecuado. Esto ha sido posible en las últimas décadas a través de tratamientos con agentes biológicos y los inmunomoduladores. Sin embargo, estas enfermedades son crónicas, por lo que persisten síntomas como dolor, fatiga y rigidez articular. Sumados a los efectos secundarios de la farmacoterapia, han suscitado un mayor interés por utilizar terapias complementarias como parte de un enfoque integral1.
La fisioterapia, el yoga, la acupuntura y la nutrición empiezan a ser bien aceptados por pacientes y médicos, porque se considera que pueden ayudar en el control de los síntomas y mejorar la calidad de vida en enfermedades reumáticas. En efecto, se han publicado estudios que demuestran que la práctica del yoga logra disminuir la fatiga y mejorar la movilidad de los pacientes con artritis reumatoide. También se han reportado efectos positivos de la acupuntura en el tratamiento del dolor crónico, uno de los síntomas más comunes y desgastantes de muchas enfermedades reumáticas2.
La nutrición también desempeña una función adicional en el tratamiento de estas patologías. Dietas antiinflamatorias ricas en frutas, vegetales, ácidos grasos omega-3 y menos carbohidratos procesados han mostrado resultados prometedores en la reducción de la inflamación sistémica. En concreto, la ingesta de aceite de pescado rico en grasa y aceites vegetales se ha relacionado con una reducción de la inflamación en los pacientes con artritis3.
A pesar de estos beneficios, el uso de terapias complementarias en reumatología enfrenta barreras importantes. La falta de una independencia de evidencias para algunas de estas intervenciones y la falta de directrices adecuadas en las guías clínicas dificultan su incorporación en la práctica. Asimismo, este tipo de enfoques requiere urgentemente una explicación a pacientes y médicos acerca de su valor real y su implementación adecuada, evitando prácticas clásicas que no tienen validez y que son potencialmente peligrosas para el paciente4.
Para abordar estas deficiencias, proponemos una estrategia integral que integra la investigación de alta calidad con la educación y la práctica clínica. Es esencial avanzar en la investigación clínica de alta calidad que evalúe el beneficio y riesgo de terapias complementarias en pacientes con trastornos reumáticos. También es necesario desarrollar programas de capacitación que preparen a los proveedores de salud para incorporar estos procedimientos y combinarlos con la farmacoterapia convencional5.
En conclusión, las terapias complementarias presentan una perspectiva valiosa para mejorar la estrategia de manejo de pacientes con enfermedades reumáticas, al abordar problemas que no siempre son gestionados por el tratamiento convencional. Un enfoque integrador y basado en evidencia tiene el potencial de mejorar drásticamente la calidad de vida del paciente, al tiempo que fomenta un cuidado más individualizado.














