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Revista Internacional de Investigación en Ciencias Sociales

versão On-line ISSN 2226-4000

Rev. Int. Investig. Cienc. Soc. v.8 n.2 Asunción dez. 2012

 

 

ANÁLISIS

 

Un acercamiento a la propuesta epistemológica de Norbert Elias

An approach to the epistemology of Norbert Elias

 

Julián David Romero Torres (1)

 

1. Sociólogo de la Universidad Santo Tomás sede Bogotá. Candidato a la Maestría en Historia, Universidad Nacional de Colombia. Becario tiempo completo a cargo de la cátedra Imagen y discurso. Un acercamiento a la historia de la cultura política en Colombia. Siglo XX. Vinculado al grupo de investigación avalado por Colciencias: “Identidades e imaginarios políticos”. Grup Lac., adscrito a la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Colombia.

Correspondencia: Julián Romero. E-mail: simeranesi@gmail.com, jdromerot@unal.edu.co

Recibido: 30/05/12. Aceptado: 31/10/12.

 


Resumen: El presente trabajo no tiene la pretensión de agotar la propuesta epistemológica de Norbert Elias. Apunta a una necesidad de acercamiento a varias de sus facetas, permitiendo al lector adentrarse en conceptos de variado calibre, e incitaciones que lo llevarán a maneras diferentes de abordar los problemas históricos, sociológicos o antropológicos. La puesta de Elias va encaminada a reevaluar las estructuras cognitivas que hasta el momento han imperado en las ciencias, y darle nuevos aires a los abordajes de la sociedad del pasado o de la actualidad. En el primer apartado se presenta una visión panorámica del contexto de pensamiento de la obra de este autor, sus preocupaciones, y viajes por algunos de sus trabajos empíricos. La segunda parte está dedicada al oficio del investigador en ciencias sociales y el ejercicio del compromiso y el distanciamiento. Luego, un corto análisis de contraste con respecto a la propuesta eliaciana y la metodología observación participante; para finalizar con la relación que existe entre el compromiso y el distanciamiento con la pintura de Diego Velázquez: “Las Meninas”.

Palabras clave: Epistemología, Norbert Elias, compromiso, distanciamiento, Las Meninas.

 

Abstract: This essay does not pretend to exhaust the epistemological proposal of Norbert Elias. It points to a need to approach several of its facets, which allows the reader to delve into various concepts, which will lead to different ways of addressing the problems of historical, sociological or anthropological. Elias's proposal aims to reassess the cognitive structures that have so far prevailed in science, and give new life to the approaches of the society of the past or present. The first section contains an overview of the context of thinking of the work of this author, concerns and a tour of some of his empirical work. The second part is devoted to the craft of social science researcher and the exercise of involvement and detachment. Then, a short analysis of contrast with respect to the proposed Elias and methodology of participant observation. To conclude, the relationship between engagement and detachment in "Las Meninas" by Diego Velazquez.

Keywords: Epistemology, Norbert Elias, engagement, detachment, Las Meninas.


 

«Continúa en pie la pregunta de hasta qué punto

son los seres humanos capaces de ‘encontrarse consigo mismos’,

de verse a sí mismos desprovistos de la brillante armadura de fantasías

que les protege de sufrimientos pasados, presentes y futuros»

Norbert Elias.

 

El interés de Norbert Elias por construir un sistema de pensamiento social que tenga como meta el estudio de la evolución, el cambio y el proceso de la humanidad (de extendido alcance si se toma en cuenta la evolución natural y social de la especie) se ha reflejado en su teoría de la civilización, que conforma una serie de estudios de transición de las sociedades premodernas y modernas en clave de sus constantes cambios que sólo pueden ser comprendidos en su larga duración: una puesta a la observación empírica de las transformaciones de las estructuras sociales y de la personalidad en el tiempo, posicionándose –como lo sustenta Oesterdiekhoff- como una teoría acabada y sistemática, con un enfoque teórico fundamental y de mayor profundidad dentro de la sociología clásica (Oesterdiekhoff, 2011: 72).

Teniendo en cuenta que la sociología del siglo XX dejó atrás el interés por los análisis amplios de la sociedad (preocupación del siglo precedente), para dedicarse a profesar la quietud del sistema humano con estudios unas veces parcializados, otras estáticos y sistémicos. La teoría de Elias ha permitido avanzar por los tímidos senderos que se surcaron en el siglo XIX, en pro de una disciplina que busque la comprensión general de las transformaciones sociales de la especie humana, ubicándose como la talanquera del desarrollo de una sociología –que bien apunta el autor- siendo que en esta época el conocimiento está impregnado de un deber ser ideológico que obnubila la mirada y polariza el conocimiento. Sin embargo, habría que entender que el entramado de la teoría de la civilización, no solamente apunta a una reevaluación de una ciencia social en particular, sino que se posiciona como un trastorno de las estructuras de pensamiento desarrolladas por la filosofía occidental, celebradas actualmente y enquistadas en el desarrollo actual cognitivo de las ciencias sociales.

Como crítico de la tradición filosófica, en el sentido de señalar las ‘sin salidas’ epistemológicas a las que se ven impelidos los investigadores sociales, Elias talla insistentemente en la escisión individuo-sociedad en las que caen autores como Weber, Freud, Marx, Parsons, objeto de sus impugnaciones y controversias, en aras de ubicar su propia partida y la puesta por la que se juega su pensamiento.

En Mi trayectoria intelectual (1995), por un lado, se ufanaba por tener una fuerte discrepancia entre la imagen del individuo independiente, clausurado, absoluto, heredero principalmente de la filosofía kantiana, y la posición absolutista de un sistema social estatal, y por el otro, en El proceso de la civilización (1994), su arremetida contra la teoría sistémica de Talcott Parsons.

Así, es inadecuado para Elias un pensamiento de la humanidad que incurra en esta dicotomía, porque privilegia la senda intemporal del conocimiento apriorístico en la formación de un individuo. La escisión implica individuos que nacen adultos e independientes de cualquier influjo social, es decir, un ser absoluto y universal, por un lado, y por el otro, un concepto de sociedad como una entidad eterna, existente fuera y más allá de estos individuos. Un callejón sin salida del cual es consciente que hay que salir, apostándole no a la unión mecánica entre estas dos concepciones, como se ufanan algunos enfoques en salvar estas distancias, ya que no se consigue reconciliarlas, sino partir de la insuficiencia de entendimiento que las percibe como entidades estáticas y cerradas, arraigadas en, y desde el pensamiento renacentista, para pasar a entenderlas en su naturaleza mutable y procesual donde la sociedad es la red de interdependencias que se tejen entre las personas que orientan sus acciones hacia los demás, lo que representa una constante y silenciosa transformación generacional. Elias propone y aplica un modelo investigativo, que tiene que ver con una puesta epistemológica de comprender al individuo y la sociedad como una entidad inseparable e infraccionable, apostándole a la resolución del divorcio irresuelto antes mencionado.

Así, en una de sus observaciones empíricas contenidas en el libro La sociedad cortesana, da cuenta de la rutina en las cortes francesas de los siglos XVII y XVIII, en donde describe las maneras en que se relacionan los miembros de la nobleza, en perspectiva con las formas medievales, utensilios y modos básicos de comportamiento que se refinan en el desarrollo de esta formación social: maneras que entran en desuso, se transforman, otras se seguirán implementando, unas nuevas se consolidan… transformaciones lingüísticas que filtraron usos del habla populares o burgueses en la corte, como el lugar donde se ‘decidían’ las buenas o malas utilizaciones del lenguaje por parte de la élite aristocrática, que iban compartiéndose con algunos círculos burgueses que rondaban los castillos. Modos y maneras que en el presente se ven reflejadas en buena parte de los rudimentos cotidianos que nos parecen naturales y únicos.

En este estudio, resulta de gran interés para Elias entender el mundo de los cortesanos como un mundo mediado por sus relaciones con los demás habitantes de la corte, y la lucha de cada uno de ellos por comprender las actitudes e intensiones de los otros en relación consigo mismo. Así, las relaciones entre cortesanos se regulan en términos de competencia por la representación y el estatus que cada uno pueda adquirir por vía del refinamiento de la etiqueta y principalmente, del autocontrol de los impulsos violentos hacia los otros, hecho que se registra como disputa, ya no en términos de violencia física, sino en el aprendizaje de las interdependencias que tienen los cortesanos para guiar sus comportamientos, en aras de un mejor lugar en la corte y el acceso a cargos más cercanos al soberano.

Resulta importante destacar cómo se interesa en vislumbrar a los cortesanos en los escenarios que ellos mismos construyeron para sí, verlos desfilar por los pasillos de la corte en su faceta más humana –viva si se quiere-, en el esfuerzo de reconstruir –por medio de investigaciones empíricas- a los individuos ligados a unas redes de interdependencias en constante cambio, donde sería difícil ubicar un sólo individuo desligado de la red y una red sin individuos, ya que los individuos conforman la misma red. Así mismo, el interés por el estudio de los comportamientos básicos de la humanidad, por ejemplo, aquellos modos y usos en la mesa, la regulación de las secreciones fisiológicas, la relación con el sexo, la etiqueta y las expresiones lingüísticas, obedece a una necesidad de hacer ciencia social donde los seres humanos sean reflejados en su faceta más básica, empírica y viva; se refleja así, que es posible desarrollar una teoría del proceso social a partir de seres humanos integrales instados a la sociabilidad, desde sus usos, condicionamientos, normatividades y transformaciones de los hábitos cotidianos y elementales, relacionados con funciones fisiológicas que suceden en la interdependencia con otras personas y objetos de su entorno social y material, para lograr el camino a la supervivencia.

Se trata entonces de centrar la búsqueda en las funciones del organismo humano que siempre y en todas las personas se encuentran: secreciones, flujos, jugos, alimentos, expresiones del habla, la muerte, entre otros, son vistos en el cambio temporal de su administración, manejo y conducción en el decurso del tiempo civilizatorio. Así, la teoría de la civilización de Norbert Elias contribuye al entendimiento del proceso por el que ha pasado, tanto el neonato como la humanidad, en la búsqueda del control de los impulsos inmediatistas, para la adquisición de competencias cognitivas y relacionales, en el logro de un mayor distanciamiento, ya sea del entorno físico de la naturaleza, como de las relaciones sociales. Comprender estas funciones básicas del organismo humano como fenómenos sociales propios de una época que ha estado sujeta a cambios, evoluciones y depuraciones, permite tener presente el inmanente pasar de la civilización en un comportamiento social cambiante; devela así, que es menester realizar observaciones históricas que no se alejen de los seres humanos que vivían, se alimentaban, se reproducían, excretaban, hablaban, se relacionaban, morían… de manera que tienen que ser entendidas en la diferencia a como lo hacen en otras regiones del pasado, o en otras latitudes, o en el presente; funciones que se han transfigurado al pasar de los decenios, siglos y milenios. De esta manera, hay un acercamiento obligado a ese individuo inalcanzable –construido por la filosofía occidental- abstracto, racionalmente tribulado, atemporal y absoluto, a su naturaleza fisiológica, cotidiana, interpersonal, básica y cambiante.

Al analizar las pautas de comportamiento, la transformación psíquica y social, las manifestaciones emotivas, el proceso vivido en las maneras de pensar, de conocer y relacionarse en el tiempo de la sociedad occidental, es fundamental para Elias en pro del entendimiento de un proceso civilizatorio que ha tenido como aspecto fundamental el control de la emociones, la autorregulación de las pasiones, y una modelación y normatividad de las conductas humanas en la sociedad medieval, en el Renacimiento, la sociedad cortesana y la temprana sociedad moderna, que lleva “el movimiento y la curva de desarrollo desde ese comienzo hasta la Edad Contemporánea” (Elias, 1994: 48); muestra igualmente una puesta epistemológica en las ciencias sociales para el conocimiento de las etapas de una evolución que continúa su marcha, partiendo de que es necesario retroceder, no para ubicar el origen único e indivisible de uno u otro uso social, sino para ubicar la carrera de la sociedad occidental por configurar y regular las pautas de comportamiento. En concreto, la razón por la cual Elias escoge estudiar las funciones orgánicas presentes en los seres humanos, es porque no se puede conocer el mundo en un nivel limitado de la dualidad pensamiento-lenguaje, sino bajo la superación del inmediatismo fisiológico (2).

Es de esta manera como en este pensador se avizora una postura epistemológica de observar, analizar, conocer y comprender la humanidad desde sus manifestaciones y pautas más rudimentarias, básicas y cotidianas de las diferentes etapas de la evolución de la sociedad occidental, desde la Edad Media, vislumbrándolas como disímiles a las actuales. No interesa entrar en la disputa si eran mejores, buenas, peores o desadaptadas, sino captar material para la reflexión de un cambio evolutivo apremiante de las estructuras psíquicas y sociales de la humanidad. Esto permite no sólo describir llanamente las maneras de comer, escupir, amar o jugar, sino entender que estas pautas obedecen a maneras diferentes de relacionarse entre las personas y de configuraciones cambiantes de pensar-se el mundo, resulta importante así, poner de manifiesto que el uso del tenedor o de la mano para comer, por ejemplo, representa una característica de la totalidad de los modos de comportamiento que han sido construidos por las relaciones sociales, donde las costumbres responden a las necesidades de unos hombres y mujeres que se ubican en el mundo social que avanza en el refinamiento de “los buenos modales”.

Es claro que la población en donde se fijan los estudios empíricos de Elias –en ‘El proceso de la civilización’ y ‘La Sociedad Cortesana’, principalmente- se centralizan en las élites laicas de la sociedad absolutista, interesándose por el cómo comienzan a presionar por el cambio de las formas del comportamiento cotidiano. “Es en este proceso en el que las sociedades van pacificándose y en que el antiguo código de comportamiento va cambiando lentamente. Pero el control social, en cambio, se va haciendo más estricto. En especial va cambiando lentamente el tipo y el mecanismo de la configuración de las emociones por medio de la sociedad” (Elias, 1994: 126).

Habría que rescatar el trabajo de este autor en torno a la hipótesis de que estos cambios en el comportamiento, están relacionados con los de la estructura social, o la sociedad amplia2 -como él la llama-, busca soldar la fractura imperante en los estudios sociológicos e históricos, entre individuo y sociedad, relaciones microsociales y relaciones sistémicas. Considera que las relaciones de interacción no pueden desligarse de procesos amplios o estructurales, que se entienden en la diferencia pero en su obligada relación de interdependencia. Es así como el viraje de Elias es una propuesta epistemológica en el sentido que rompe con tradiciones filosóficas enquistadas en las ciencias sociales, en el intento de conocer la humanidad sin la necesidad de introducir preconcepciones e interpretaciones valorativas, para el entendimiento del funcionamiento social en su decurso por el tiempo, valiéndose del recurso que observa –el trabajo empírico- de los compartimientos más básicos del organismo fisiológico de los hombres y mujeres, en relación con lo que llama “la sociedad amplia”. Un contraste complementario, donde lo psicológico y lo social se miran con la lupa del proceso del homo sapiens en el cambio y la diferencia.

El hermeneuta histórico: ejercicio de distanciamiento

Ya se avizoraba en La soledad de los moribundos -publicado por primera vez en alemán en 1982, momento en el que Elias tenía ochentaicinco años, a sólo ocho años de su muerte- la necesidad de cuidarse de las interpretaciones caprichosas y de las conclusiones erróneas en el momento en que se tratara de leer el pasado. Versa entonces, en que “sólo cuando se es capaz de un mayor distanciamiento de sí mismo, del propio estadio de civilización y del carácter específico de este estadio que tiene su propio umbral de la vergüenza y de la escrupulosidad, es posible hacer justicia a la obra de hombres de otra etapa” (Elias, 2001: 51), y así, entenderlos como ellos se veían y veían el mundo, una visión desde dentro.

La preocupación de las ciencias sociales en el siglo XX ha discurrido–entre otras- en si es posible un pensamiento objetivo de la humanidad o si se trata simplemente de acercamientos subjetivos a los fenómenos, que correspondería a relecturas aisladas de los autores, y que de cada investigación del mismo problema resultaría inevitablemente una verdad diferente. Para Elias no existe tal dicotomía presentada radicalmente, en el sentido en que tradicionalmente se ha pensado al referente totalizante como la característica de la sociedad (objetivo) y a la individualidad como desligada y autónoma (subjetivo), como si sociedad e individuo fueran entidades separadas. Para nuestro autor es claro que es imposible hablar de individuos sin pensar en la sociedad y viceversa, porque se trata de entramados de interrelaciones entre personas y ya éstos constituyen lo social. Es así como se cuida de utilizar las categorías apropiadas para no caer en falsas disociaciones, que con sólo el hecho de nombrarlas, incurriría en tal desfase.

Entonces la reflexión de base es que si queremos entender a los hombres del pasado o a otros vivos del presente, necesitamos conseguir acceso a los móviles de sus acciones; de ahí que resulte el interés por sus maneras de ver el mundo, de sentir, de pensar, de actuar. Si éste no es el objetivo se supone así, que todo lo que hacían estos hombres, era o es básicamente igual a lo que hacemos nosotros (2). Engagement y Distanzierung: compromiso y distanciamiento permiten entender los conceptos no como oposiciones sino como características que pueden convivir en el pensar y en el accionar de las personas, lo que no indicaría que fueran lo mismo: “son fenómenos diferenciables pero inseparables” (Elias, 1990: 51).

Igualmente, entender la propuesta de investigación de Norbert Elias, implica hacer una revisión de las tradiciones epistemológicas imperantes, sujetándolas a la crítica y proponiendo nuevas visiones de acercarse a los fenómenos de la sociedad. Así toma en cuenta que los hábitos filosóficos tienden a trabajar bajo oposiciones binarias: “como medio de orientación, los términos «comprometido» y «distanciado» nos parecen preferibles a otros –como «subjetivo» y «objetivo»- que nos crean la falsa apariencia de que existe un abismo estático e insalvable entre dos entidades distintas, «el sujeto» y el «objeto» (Elias, 1990: 51). En este sentido, la teoría de Elias se convierte en una reevaluación del pensamiento platónico, cartesiano, idealista, kantiano y racionalista que atraviesa buena parte –inconsciente o deliberadamente- el quehacer de la sociología, la historia o la antropología, convirtiéndolo en un autor que aplica el distanciamiento en el sentido de alejarse de su propia condición cotidiana e intelectual en un proceso cognitivo en el que se forma y emerge.

El ser comprometido y el ser distanciado son dos herramientas de pensamiento humano, que funcionan como polos o ‘conceptos limítrofes’, donde se evidencia en ciertos casos mayor compromiso o menor distanciamiento, mayor distanciamiento o menor compromiso. En lo que concierne a los científicos o investigadores de los diferentes campos de pensamiento –y a la mejor manera del proceso civilizatorio del autocontrol de las emociones- el nivel de distanciamiento con respecto a lo investigado u observado se mide en la capacidad de regulación social e individual de los afectos e intereses para registrar acontecimientos o fenómenos naturales, que estén sistematizados en la lógica de un ordenamiento medianamente autónomo, sin que medien interpretaciones mágicas, míticas, sensitivas o sobrenaturales. Esto tiene que ver con el proceso cognitivo de la civilización en el sentido del “domino del hombre sobre sí mismo, expresado en su actitud mental y práctica hacia los fenómenos naturales, el dominio sobre su vida en sociedades y el dominio y manejo de fuerzas naturales no humanas” (Elias, 1990: 18).

De esta manera, el distanciamiento tiene que ver con la capacidad de la humanidad de adquirir competencias encaminadas a la autocoerción, el control y niveles de distanciamiento y compromiso, que le permitan obtener mayor dominio sobre las situaciones. Esta competencia es llamada por Elias como ‘la triple unidad de los tres dominios básicos’, descrita en el párrafo anterior.

Esta alusión da cuenta, primero, de cómo el proceso de la humanidad se ha visto discurrir por la sujeción y dominio del mundo de la naturaleza o mundo físico, hecho que se fija en el percibir –no en todos los casos-, las manifestaciones de la naturaleza de maneras más distanciadas, y así lograr cierto poderío e influencia sobre estos en la relación del hombre con la naturaleza. El camino hacia niveles más distanciados de los elementos físicos en etapas pretéritas de la civilización, logró la transformación de objetos distantes de la vida práctica –y posiblemente cercanos a niveles míticos- en instrumentos para la defensa, el alimento, la caza, el abrigo, el fuego… una transformación que le ha permitido a los hombres adquirir competencias para dominar su relación con los entornos físicos, en beneficio de su sociedad.

Si pasáramos la mirada a largo plazo, nos daríamos cuenta que los procesos evolutivos que tienen que ver con las técnicas, las tecnologías y las ciencias de la naturaleza, corresponden a procesos escalonados, que tienen que ver con la relación sociedad-naturaleza, entendidos no como dos oposiciones herederas del pensamiento freudiano que las concibe como opuestas (naturaleza-cultura) en donde la una no puede estar donde esté la otra, sino como la relación constante que ha tenido la humanidad con las fuerzas del clima, las aguas, la tierra, los vientos, etc., y ver cómo “el ser humano ha aprendido a imponerse a sí mismo una mayor reserva en su aproximación a los fenómenos naturales y, a cambio de las satisfacciones a corto plazo a las que ha tenido que renunciar, ha obtenido un poder mayor para controlar y manipular las fuerzas de la naturaleza en beneficio propio y, así en este ámbito ha ganado una mayor seguridad y nuevas satisfacciones a largo plazo” (Elias, 1990: 17).

Si el panorama es hacia esta dirección, se fragmenta la oposición sujeto-objeto, cultura-naturaleza, en la perspectiva de entender que no se encuentran por un lado los individuos de una sociedad independientes de una naturaleza que al acercarse a ella la modifican, sino en el sentido de comprender los trabajos por los que la humanidad ha tenido que pasar para tener la posibilidad de jugar con diversos niveles de autocontrol de las emociones e interpretaciones míticas, para que así pueda –por un lado- ver de qué modos se relaciona con su entorno físico –y por otro- cómo y qué tendría que hacer para lograr determinados objetivos que requiere alcanzar para una mejor supervivencia de su propia especie, grupo o comarca. Esto tiene que ver con mayores niveles alcanzados de distanciamiento, es decir, competencias de verse a sí mismo en su relación con su medio ambiente físico-natural (3). Sin embargo, la paradoja consiste en que a mayor dominio de las fuerzas de la naturaleza no humana, menor capacidad de control sobre el cambio social. El problema de las catástrofes naturales y las pandemias –por poner un ejemplo- se ha reducido a niveles que en otras épocas no hubiese sido posible lograr por el nivel de seguridad y previsibilidad al que se ha llegado en el transcurso del tiempo: ahora entre los mayores peligros existentes para el hombre se encuentran los propios hombres (Elias, 2011: 23).

Así, el inconveniente radica en que entre más complejas sean las redes de interdependencia social, mayor es el compromiso que se adquiere con respecto a la visión que se tiene de la sociedad, haciendo más difícil una visión desde afuera. Problema en que insiste reflexionar Elias frente la etapa actual de la civilización en occidente. Para él es claro que el proceso por el que tuvieron que pasar los hombres de la antigüedad para lograr mayor distanciamiento de la naturaleza no humana, aprender a modificar su comportamiento de cara a los ciclos climáticos, trabajar con ellos, cultivar, crear instrumentos para su defensa y sobrevivencia, fue un proceso largo y tortuoso. Ese constante patinar ahora se vive en la búsqueda por el dominio –vía distanciamiento- de las relaciones sociales y la imbricación de la interdependencia de la acciones de las personas, en un conglomerado multitudinario de hombres y mujeres encadenados unos a otros, sin que ninguno guíe y planifique el movimiento, sin que alguno quede por fuera; pero, ¿hasta dónde se puede hablar de distanciamiento en ciencias sociales?

Éste es un problema epistemológico de todas las ciencias naturales y sociales. Es claro para el autor que las ciencias naturales han logrado un grado de distanciamiento y por ende de certeza y dominio frente a las manifestaciones de la naturaleza, por medio de un entramado teórico-práctico consolidado que ha permitido a la humanidad generar desarrollos tecnológicos que logren manipular estados de la naturaleza. Asimismo el problema fundamental es compartido con las ciencias sociales: lograr un conocimiento verídico del cómo y el por qué cambian y se relacionan los «objetos» que se analizan. La diferencia radica precisamente en los «objetos de análisis», el uno se preocupa por las manifestaciones de la naturaleza no humana, el otro por las relaciones sociales interpersonales. No se podría afirmar –y el autor lo puntualiza- que se trata de un fenómeno que se encuentra fuera de la humanidad y el otro dentro de ella, pues los seres humanos forman parte tanto de la naturaleza como de sociedades y no habría por qué desligarlas. El asunto está en qué tanto es capaz el hombre de ver cómo se ve a sí mismo, que termina siendo la pregunta que inspira el trabajo empírico de Elias: ¿cómo se veían los hombres de otras épocas a sí mismos?, y entenderlos en esta dimensión en los estudios del decurso de la humanidad.

Sin embargo, la capacidad de construir una ‘visión de sí mismo’, está mediada por la capacidad de verse en relación con los otros y distanciarse tanto como pueda para entender la interdependencia, alejado de toda concepción egocéntrica, o como lo reitera el sociólogo alemán, como homo clausus; pero también comprender que el investigador social no es un ojo abstraído y absoluto, sino que hace parte de la red de una «composición», o del memorable baile donde éste no es posible si se piensa en individuos aislados, sino relacionados entre sí, el baile es independiente de los individuos sin que sea un “ente imaginario que pueda abstraerse en función de observaciones de individuos aislados, considerados en sí mismos” (Elias, 1994: 45). Así, para Elias, el trabajo del científico social se construye a partir de hacer evidente el lugar social que ocupa como parte de un entramado de relaciones sociales, en la búsqueda de la comprensión de su posición en el mundo. Logra en esta dirección niveles de distanciamiento de cara a lo investigado. La ubicación del investigador se enfrenta a un panorama en el que los científicos sociales “trabajan y viven en un mundo en el que casi todos los grupos humanos, grandes y pequeños, incluso el de los mismos científicos, luchan arduamente por alcanzar una posición y, bastante a menudo, por sobrevivir. Grupos en ascenso buscan mejorar su situación arremetiendo contra otros que se interponen en su camino; los que ya se encuentran en la cima intentan consolidar lo que poseen defendiéndose ante el ataque de nuevos grupos; otros caen. En medio de este incesante subir y bajar es casi inevitable que la manera en que los miembros de estos grupos perciben los fenómenos sociales, la manera en que piensan sobre éstos, se vea profundamente afectada por la continua amenaza a su modo de vida, a su estándar de vida y quizás incluso a su vida misma. Como miembros de estos grupos, los especialistas científicos comparten con los demás las vicisitudes de estos conflictos y el consiguiente compromiso. ¿Cómo podría evitarse, bajo estas circunstancias, que su experiencia de sí mismos como representantes de un credo social y político que puede estar en peligro, como miembros de una nación, un partido, una iglesia o una secta que pugnan con otros grupos semejantes, esté fuertemente marcada por emociones, por su compromiso personal?” (Elias, 1990: 25-26).

Este mordaz cuestionamiento adquiere su importancia en toda la tradición de conocimiento que el ser humano ha alcanzado a desarrollar para el entendimiento de sí mismo, cuestiona las grandes teorías que se han desarrollado desde trincheras ideológicas o filosóficas, que han defendido, por un lado, la objetividad antiséptica a ultranza e irrealizable en el siglo XIX y principios del XX. Esto incorpora un interés por entender las condiciones actuales en una visión de largo plazo que deja filtrar sus miedos e ideales de un progreso social mecánico; y por otro, la subjetividad de las miradas del investigador y el compromiso e ideal deliberado en favor de las capas subalternas, en el cambio de las estructuras económicas, políticas y sociales de dominación. Cuestiona la posición del investigador que no es capaz de separarse de su condición de clase, grupo o de aquellos donde tiene más cercanos sus afectos, para que los resultados de la investigación repercutan en la cimentación de presupuestos, ficciones y mitologías celebradas al interior del grupo, o igualmente, no ser capaz de despojarse de la armadura teórica que le comprobará lo que quiere comprobar, así éstas no sean compatibles con el fenómeno investigado.

La propuesta y la acción que lleva a cabo Elias -como científico- se trata de no incurrir en engaños y ficciones construidas por la implicación que adquiere el ser humano por su posición en la sociedad. “Con ello no se está diciendo que toda investigación de los problemas sociales que excluya el predominio de los ideales político-ideológicos tenga la posibilidad de influir en la marcha de los acontecimientos políticos por medio de los resultados de la investigación. Todo lo contrario: la utilidad del trabajo de investigación sociológica como instrumento de la praxis social queda fortalecida siempre que no nos engañemos proyectando en la investigación de lo que es y de lo que fue aquello que deseamos o que pensamos que debe ser” (Elias, 1990: 30).

Observar participando. Por aquello de la mirada

Para estar dentro de las relaciones humanas y generar un conocimiento social de hombres lejanos o cercanos en tiempo o en espacio, no hay que estarlo físicamente, no hay que ser un avisado y bien camuflado observador participante, un antropólogo conversador o un carismático sociólogo. La tradición de la observación participante –celebrada en las ciencias sociales- ha exigido que el observador obligatoriamente sea externo y se convierta en un ‘actor’ -en toda la acepción teatral del significante- que se mimetice al interior del sistema social a investigar y adopte funciones propias de la comunidad, con el objetivo de recolectar material y acumular descripciones y documentos que le sirvan para la posterior teorización, generalización y transmutación al ‘lenguaje científico’.

Es decir que el proceso participativo –la vivencia del investigador dentro de un grupo y la recolección de información-, su posterior comparación con otras comunidades (etnología), están mediados por un proceso cíclico que comienza con el acervo disciplinar de la antropología o la sociología, que camina con la hipótesis bajo el brazo, pasando por la mimetización, para llegar al mismo punto inicial: su comprobación, teorización y traducción al idioma de la comunidad científica (etnografía). Este ir y venir devela el lugar de mirada que se quiere ocupar. Así el interés sea el de vivir dentro del grupo y conocer las maneras en que se relacionan y se interpretan, el objetivo terminaría siendo el de la misma disciplina, traduciéndose en el aumento del capital intelectual de una ciencia social que propone ver con sus propios lentes.

Para Levy Bruhl, 1945 la esencia de la investigación de los primitivos fue establecer cuál era el mundo de estos construido por ellos mismos, y entender que el mundo de los aborígenes es sentido, pensado y vivido de maneras diferentes a los occidentales, a los que investigan. Se trata en últimas de ponernos en guardia contra nuestros hábitos mentales, tratar de descubrir el mundo de los otros por medio del análisis de sus propias representaciones colectivas y las relaciones que pueden existir entre éstas. Precisamente éste es uno de los puntos que resalta, recoge y aplica Elias del olvidado Bruhl, tener la capacidad de, no sólo distanciarse del problema de estudio, sino también de las preconcepciones –que muchas veces incurren en mitos adheridos por siglos- del conocimiento acumulado de las ciencias sociales, que hace la mayoría de las veces, que lo observado se convierta en una reproducción de lógicas y maneras de entender el mundo alejadas del significado que le dan o le daban los sujetos a sus propias interrelaciones.

Resulta así paradójico que la observación participante tome como medio investigativo adentrarse en una comunidad, con el objetivo de adquirir información de primera mano, ‘vivir en carne propia’ lo que los otros viven, y dejar como resultado una interpretación que hace el investigador desde sí –es decir, desde su interdependencia con su comunidad intelectual-, que cae en el círculo vicioso de la bipolaridad subjetividad-objetividad, en tanto vive la experiencia físicamente, pero nunca olvida que sus juicios y descripciones se tienen que hacer como observador omnisciente, o lo que se conoce como objetivismo textual, que “no es otra cosa que permitir un análisis por parte de diferentes antropólogos desde diferentes planteamientos teóricos, así como facilitar la comparación intercultural a través de una cierta ‘normalización’ en la presentación de los datos, produciendo, finalmente, un efecto de realidad” (Gutiérrez, 1999: 146). Se trata entonces de una investigación que se hace físicamente desde dentro y mentalmente desde fuera.

Con Elias sucede que para dar cuenta de una investigación ‘al interior’ de las propias relaciones de unos ‘otros’, no hay que estar dentro físicamente –cuestión imposible en la investigación histórica procesual-, en el sentido que la puesta empírica no se entiende en oposición a la teórica, sino que es una práctica investigativa que se ocupa de las acciones, relaciones, interrelaciones, pautas de comportamiento, de unas personas en concreto.

El problema del distanciamiento en este nivel, no se entiende en la capacidad que tiene el observador de ser un ‘espía’ que mira bajo sus propios lentes, convertido en camaleón, pintándose del color de su entorno, sino de tener la facultad de construir un registro empírico por medio de una desconexión entre el mecanismo que ve y el fenómeno que se ve, es decir, separar el acervo que posee el que ve, del que es visto, para imponerse un pensamiento en la diferencia y no en la comparación, entre la mentalidad que se estudia y con la que se estudia.

Pintar pintado: distanciado e implicado (4) al mismo tiempo

En “La sociedad cortesana” (1996) se veía lo significativo que es para su autor destacar la actitud de los cortesanos con respecto a un nivel de distanciamiento muy importante logrado en el proceso de la sociedad amplia, y por supuesto, en la necesidad de la lucha y la competencia por el estatus, el prestigio y la cercanía al rey al interior del palacio.

Cada uno de los cortesanos aprendió que tenía que controlar sus impulsos emocionales, en la vía del cálculo exacto de los gestos, la utilización apropiada de las palabras, la consecución de una etiqueta planificada, para llevar a cabo una serie de actitudes estratégicas en la arena de la competencia por el prestigio que lo llevara –en una sociedad donde las jerarquías oscilaban constantemente- a un mejor reconocimiento y un ascenso escalonado hacia la obtención de labores más próximas al soberano. Esto se lograba porque la misma competencia requería que cada uno tuviera la capacidad de distanciarse de sí mismo, es decir, de ver los lugares que ocupaban los otros con respecto a sí mismo y las diferentes redes que se tejían en el entramado de la corte: “cualquiera podía dañar a cualquiera. Quien hoy tenía un elevado rango, podía hundirse mañana. No había ninguna seguridad. Todos debían buscar alianzas con otros hombres que gozaban de la más alta estimación posible, evitar enemistades innecesarias, planear con precisión la táctica de la lucha con los enemigos inevitables, dosificar del modo más exacto, según el propio rango y estimación, la distancia y el acercamiento en la conducta hacia los demás” (Elias, 1996: 141).

Este estadio de distanciamiento lo lograron los cortesanos con la práctica de tres artes que Elias describe así:

1. ‘El arte de observar a los hombres’. Se trata de observar al otro en la medida que ‘me’ observo a mí mismo, en la posición que ocupo con respecto a los demás y direcciono mis acciones a partir de las indagaciones que he logrado con respecto a ubicaciones, intenciones, motivaciones, gestos, relaciones y dependencias mías en relación con las de los otros y viceversa. Este arte consiste en la descripción de los hombres de la corte, escritas en memorias y diarios, libros entendidos por el autor como “órganos directos de la vida social” (Elias, 1996: 143).

2. ‘El arte de la manipulación de los hombres’: las observaciones y reflexiones detalladas en la práctica anteriormente relatada, son las bases para manipulaciones atinadas, convirtiéndose el cortesano en un calculador de la conversación, para llevar a los otros a donde se les quiere llevar sin que se den cuenta: una especie de truco por medio del lenguaje.

3. Control de los afectos por causa de ciertos fines de importancia vital (la racionalidad cortesana): se deja claro que el tipo de racionalidad de los cortesanos es diferente a la de los burgueses. La de estos últimos consiste en “la planificación calculadora de la propia estrategia de la conducta en la lucha competitiva por las oportunidades económicas de poder” (Elias, 1996: 126). Mientras que la racionalidad cortesana obedece también a un ánimo calculador, pero para la consecución o pérdida de oportunidades de estatus y de prestigio, es decir que se necesita de un esfuerzo significativo para obtener el control de las funciones fisiológicas y emocionales, sean de rabia o de alegría, para la puesta en escena del aprendizaje matizado de las expresiones corporales y verbales para dirigir todo tipo de gesto u acción en el ‘teatro social’ de la corte en el trato con los demás. En contraste, mientras el capitalista trabaja sobre el ‘valor dinero’, el cortesano lo hace sobre el ‘valor prestigio’ como instrumento de poder.

Cabe resaltar el camino hacia niveles más distanciados implementados en la mentalidad cortesana –si es que se le puede llamar de esta manera-, en el sentido de tener la capacidad de alejarse de sí mismo, es decir, de su implicación emocional u orgánica, para verse en un entramado social de interdependencias, donde debe hacer de sus acciones movimientos estratégicos para no perder posición y ofrecer la caricia, la sonrisa o la palabra perfecta. Como representante del periodo de las monarquías absolutistas europeas, la pintura de “Las Meninas”, hecha por Diego Velázquez, representa este nivel de alejamiento y acercamiento que caracterizó a los cortesanos.

La capacidad de verse a cierta distancia, implica una visión alejada de tal como podría ser visto por los demás, es observar a los otros en relación a mi ubicación y viceversa. Este es uno de los logros –tal vez el más significativo para Elias- de la representación pictórica de “Las Meninas”.

Con este nombre es con la que se conoce desde el siglo XIX –al convertirse en objeto de museo- la famosa pintura de “Un retrato de la Infanta de España con sus damas de honor y servidores por el pintor de corte y aposentador de palacio Diego Velázquez”(5) (Figura 1), que le sirvió a Elias para encontrar una ilustración acerca del problema del compromiso y el distanciamiento en el proceso de la civilización europea y en particular con la evolución del arte y la pintura.

 

Así como en algún momento de la evolución cognitiva de la sociedad occidental imperaba la teoría geocéntrica de las esferas, donde todo -el sol- giraba alrededor de la tierra, constituyó un pensamiento enraizado en interpretaciones religiosas. Este hecho se reflejaba igualmente en un estadio cognitivo de la mirada de los pintores en representar bidimensionalmente su mundo mítico-religioso en lienzos de un largo y ancho específicos. Ahora, la transición a la que se asistió durante el Renacimiento, representó un cambio en las condiciones psicogenéticas hacia un distanciamiento más dilatado, que por medio de observaciones empíricas de los astros, permitió obtener un conocimiento alejado de concepciones míticas arraigadas durante la Edad Media. Se logró así una visualización heliocéntrica –impulsada principalmente por Galileo- que costó muchísimos sacrificios aceptarla y apropiarla en la manera de entender el universo; así, “en satisfacciones emocionales inmediatas y, por tanto, en implicación personal tuvieron que pagar un alto precio (…) el salto a una imagen de la naturaleza que, aunque emocionalmente era insatisfactoria, era congruente con la realidad (…) hacer este esfuerzo de distanciamiento implicaba también un aumento de la capacidad humana para observar la naturaleza” (Elias, 1987: 207).

Esta transición también se vio manifestada en la pintura de la época, ahora en una superficie de dos dimensiones, se logra una impresión de profundidad, de perspectiva –al decir de Elias-, producto de un desarrollo del pensamiento matemático, físico y logros a nivel de representación pictórica de la naturaleza. La evolución de la pintura le sirve a nuestro autor de ejemplo, para entender este camino hacia experiencias de alejamiento y nuevos modos consiguientes de implicación.

La ilusión de profundidad que lograron pinturas como ‘El matrimonio Arnoldfini’ de Van Eyck (Figura 2), ameritan un reconocimiento en el sentido de haber logrado una mirada más cercana a la visión del ojo humano: se experimentan diferencias de tamaño en relación con la distancia que ocupan, entre más cerca más grandes y entre más lejos más pequeñas, se trabaja sobre ángulos y figuras que logran las tres dimensiones. También el espejo del fondo en la pintura muestra la capacidad de pintar como se ve en un vidrio convexo de estas características. En la misma dirección que caminó la ciencia, caminó la pintura: hacia el reconocimiento de la naturaleza y del mundo circundante del pintor, un trecho de búsqueda en dirección a un mayor realismo y fidelidad con los que es visto.

 

Esta perspectiva realista de las miradas de algunos pintores “fueron señales de un cambio en la forma en que las personas experimentaban el mundo donde vivían y su propia posición dentro de él” (Elias, 1987: 207). Constituye un factor del nivel de distanciamiento logrado en esta época, con respecto a los objetos, hechos de la realidad, y las personas respecto de sí mismas. El espejo se convierte en el instrumento que evidencia un interés de los pintores por ser lo más fieles a lo que capturan sus ojos, y esto implica también el registrar el modo en que fue hecha la pintura, de quien la hizo en el momento específico. Este uso del apoyo técnico del espejo hace que las personas se puedan ver a sí mismas en el acto que los convoca y puedan representarse como posiblemente lo estarían observando los demás.

El detalle del espejo circular de la pintura de Van Eyck (Figura 3), que se encuentra al fondo de la habitación, evidencia este nivel de distanciamiento en perspectiva, ya que el pintor se pinta pintando en el lienzo sostenido, logrando una nueva efigie de espaldas al retrato, como si otro ojo se implicara en la pintura viendo lo que el pintor no es capaz de ver, la espalda de los modelos y lo que pasa a este lado del cuadro. Resulta que es el ojo del mismo pintor que se distancia de su ubicación física y juega con la posibilidad mental de ver más allá de lo que le permite su lugar en el mundo.

 

Niveles de distanciamiento logrados están mediados por “la capacidad de verse a través de los ojos de los demás, y también el deseo de verse de esa forma” (Elias, 1987: 212).  Pero, todo nuevo distanciamiento produce un nuevo compromiso, consiste ahora en conseguir una composición pictórica donde los objetos estuviesen de tal manera que produjeran efectos y sensaciones a todo aquel que se dedicara a mirar la pintura. Con “Las Meninas” –afirma Elias- se encuentra una ilustración particularmente interesante de las complejidades del equilibrio compromiso-distanciamiento, que en este caso, constituiría un llamado a la cooptación para pensar-lo en los términos de este equilibrio, ahora en el investigador en ciencias sociales.

Volviendo a la pintura atrás mencionada, resulta importante resaltar el papel del espejo –o de la pintura- que aparece en el fondo del taller o de la habitación, que brilla con una luz enigmática no explicada en la misma pintura. Ahí se encuentran las imágenes del rey Felipe IV y su esposa, reflejadas como espectadores de esta escena relatada por Velázquez, tan indefinida, para preguntarse ¿cuál es el argumento del cuadro, su tema, la escena general? Una pintura que ha suscitado diversas reacciones posteriores hasta afirmar que logra ser una obra intemporal.

Elias se arriesga: “así pues el problema, la necesidad de interpretación, es inherente a la composición misma del cuadro. La solución ampliamente aceptada del problema –que pretende mostrar Velázquez pintando a la pareja real, mientras su hija ha venido con su séquito para entretenerlos- puede considerarse una buena hipótesis” (Elias, 1987: 218).

Sin embargo lo que atiende aún más las reflexiones es la autorepresentación que hace Velázquez, mostrándose cómo se veía a sí mismo, en una mirada de los otros, (pero el que en verdad mira, es el rey, y ese elemento no se puede escindir, si se entiende que es una obra que surge en la sociedad absolutista), distanciado en este sentido, e implicado en el sentido de manifestar igualmente cómo era que quería que lo vieran los demás. Para la época era inusual que el pintor se representara en el lugar que ocupa y mucho menos que se autopintara pintando en el cuadro que pinta. Este hecho es un indicio de lo difícil que resultaba tomar distancia focal de los objetos que lo rodeaban, y sobre todo de su propio yo.

Pero el distanciamiento en este nivel, también tiene que ver con que Velázquez fue capaz de pintarse en el lugar que ocupaba en la corte. Y es que está junto con el séquito de la hija de los reyes, como del propio rey: él es parte de ese séquito y su lugar es como pintor. No se pinta en centro físico ni de importancia del cuadro, puede estar obnubilado por una leve sombra que se contrasta con la iluminación de la infanta y del espejo de los reyes, es una posición destacada mas no protagónica, no se presenta como aislado del momento, ni como el ojo absoluto que lo ve y lo registra todo en la posición objetivista por la que se ha luchado tanto en ciencias sociales, que incurre también –paradójicamente- el subjetivismo, al llevar al extremo el lugar de mirada sin verse a sí mismo como parte de un grupo.

En este panorama se ve reflejada, evidentemente, la mentalidad cortesana de verse en el lugar que ocupa con respecto a los demás y tener la capacidad de acercarse a una visión desde fuera.

“Percibirse y representarse como tal requería una gran capacidad para verse desde cierta distancia, tal como uno podría ser visto por los otros (…) características de una sociedad cortesana. Para los miembros de una sociedad así era más difícil que para los miembros de una sociedad industrial olvidar que la individualidad tiene sus límites, que todo ser humano está casi continuamente dependiendo de los demás. En las sociedades industriales contemporáneas muchas personas se sienten a sí mismas como pequeños soles alrededor de los cuales gira el universo” (Elias, 1987: 228).

El nivel de implicación que se ha logrado en las sociedades contemporáneas ha sido de tal envergadura que resulta dificultoso –y aun más para aquellos que investigan la sociedad, la humanidad- entender que las identidades individuales están fuertemente ligadas a las identidades del grupo. Se distancia del logro de la mentalidad cortesana de reconocer-se que el yo (investigador) va de la mano con una relación del nosotros, para comprometerse con el egocentrismo, enraizado a partir de la hipótesis sujeto-objeto, como punto de partida en toda carrera del pensamiento.

En este nivel se inscribe la práctica fotográfica en el sentido en que “la filosofía positivista, por un lado, encuentra su determinismo añorado en la idea de que absolutamente todo logro de conocimiento –como verdad indisoluble- se hace por medio de la ciencia, de la observación antiséptica de la naturaleza, de su posterior transformación y dominio para los fines del nuevo orden, y por el otro, en el apoyo de la nueva ciencia histórica que erige monumentos a los grandes individuos gestores de la evolución de los pueblos, la inquieta búsqueda de la verdad inamovible y la construcción de instrumentos capaces de dar cuenta de la miradade la civilización del conocimiento, del realismo, de la autenticidad, de la prueba, del tiempo, del paisaje, la memoria y la efigie.

Todo esto hace que se sostenga la idea-práctica de que todo saber hecho conocimiento de la realidad se adquiere por medio de lo que podemos observar mediante los sentidos o mecanismos que comprueben la veracidad de lo observado, de modo que la mejor herramienta para tales deseos sería la misma fotografía, siendo la “única” capaz de «fijar una imagen fiel de la realidad», que puede crear una copia de la naturaleza. Batchen diría: «sin duda, la fotografía llegó con el tiempo a convertirse en una metáfora popular de la posibilidad de una visión positivista del mundo» (Batchen, 2004: 139).

La fotografía se erigió como la técnica que posibilitó una prueba fehaciente, objetiva, científica y desinfectada de la realidad, logro que no había alcanzado (para los hombres modernos) ni la pintura, ni la palabra misma, (pero que ya estaba caminando en esta dirección). La fotografía había conseguido la función histórica de suministrar información visual fidedigna al conjunto de la sociedad, a sus instituciones” (Romero, 2010: 238-239).

Es así como la tradición epistemológica de la filosofía, de la sociología, la antropología, la historia, la ciencia política, la geografía, y hasta la práctica fotográfica, ha representado al sujeto que investiga-ve como un una persona aislada –ya sea en la asepsia objetivista, en el subjetivismo a ultranza o en la conjunción de los dos polos sin resolver la dualidad-, ya que la premisa sujeto-objeto acrecienta esta representación del «yo», de la monada, del ser apriorístico y dado, que nace adulto e independiente, el cual tiene acceso a un conocimiento que también es absoluto, alejado.

Para Elias, es importante salir de estas representaciones más cercanas al pensamiento mítico, plagadas de deseos en un deber ser filosófico. ¡Hace falta un paso más de alejamiento! – “para que las teorías del conocimiento incluyan la conciencia de que cada paso individual hacia el ensanchamiento del acervo social del conocimiento presupone que el sujeto individual en cuestión haya tenido acceso, a través de los otros, a un acervo social de conocimientos, incluyendo el conocimiento de un lenguaje” (Elias, 1987: 223).

“Mientras tanto, las insuficiencias de un paradigma que parte de la imagen humana de un individuo sin grupo –un  «yo sin nosotros»- se revelan con bastante claridad, no sólo en las agonías de una tradición epistemológica que hace tiempo ha dejado de dar nuevos frutos, sino también en numerosas formas del estudio de la literatura o del pasado humano, y otros aspectos de las sociedades humanas” (Elias, 1987: 224).

 

NOTAS

2. Idea retomada de la asesoría realizada por la profesora Vera Weiler al presente trabajo. Enero de 2012.

3. Vale la aclaración que el mismo Elias hace en ‘Compromiso y distanciamiento’, con respecto a la utilización de la palabra “naturaleza”, al entenderla como la naturaleza no-humana, refiriéndose a “aquellos planos de los fenómenos naturales de los que se ocupan la ciencias físicas y biológicas” (Elias, 1999: 51).

4. Utilizaremos indistintamente la palabra implicado como análoga a la utilizada en las traducciones más reconocidas de la palabra en alemán Engagement o en inglés ‘ detachment’: ‘comprometido’.

5. Catálogo de la colección real hecho en 1689, referenciado por Norbert Elias, en la introducción de la versión inglesa del libro “Involvement and detachment”, Nueva York, 1987. Se cuenta con una traducción al español de un apartado de esta introducción, intitulada “sobre Las Meninas: implicación y distanciamiento”. En: Otras Meninas. Madrid: Siruela, 1995.

 

REFERENCIAS

Levy-Bruhl L. (1945). La mentalidad primitiva. Buenos Aires: Lautaro.        [ Links ]

Elias N. (1987). Involvement and detachment. Nueva York: Basil Blackwell. Tomado de la traducción al español: Sobre Las Meninas: implicación y distanciamiento. en Otras Meninas. Madrid: Siruela; 1995.        [ Links ]

Elias N. (1990). Compromiso y distanciamiento. Barcelona: Península.        [ Links ]

Elias N. (1994). El proceso de la civilización. México: Fondo de Cultura Económica.        [ Links ]

Elias N. (1995). Mi trayectoria intelectual. Barcelona: Península.        [ Links ]

Elias N. (1996). La sociedad cortesana. México: Fondo de Cultura Económica.        [ Links ]

Elias N. (2011). La soledad de los moribundos. México: Fondo de Cultura Económica.        [ Links ]

Gutiérrez J, Delgado J. (1999). Teoría de la observación. en Métodos y técnicas cualitativas de investigación en ciencias sociales. Madrid: Síntesis.        [ Links ]

Museo Nacional del Prado. (sitio web). Disponible en: http://www.museodelprado.es        [ Links ]

The National Galery (sitio web). Disponible en: http://www.nationalgallery.org.uk        [ Links ]

Oesterdiekhoff G. (2011). La sociología genético-estructural como heredera de la sociología clásica y de la teoría de la civilización. en Vera W. Norbert Elias y el problema del desarrollo humano. Bogotá: Aurora.        [ Links ]

Romero J. (2010). Luz Cámara Acción El lente de la fotografía familiar. Revista Cuadernos de Sociología, 47.        [ Links ]