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Anales de la Facultad de Ciencias Médicas (Asunción)
ISSN 1816-8949 versão impressa

 


An. Fac. Cienc. Méd. (Asunción) v.41 n.1-2 Asunción jun. 2008

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La relación médico paciente. Nuevas perspectivas.

Medic patient relation. New perspective.

Dr. Rodrigo Ramalho1

1)Médico Residente. Cátedra de Psiquiatría Hospital de Clínicas. FCM - UNA


La relación médico paciente es una relación interpersonal con connotaciones científicas, éticas, filosóficas y sociológicas de tipo profesional que sirve de base a la gestión de salud1.
Dentro del marco de la asistencia sanitaria institucional, esta relación es el pilar sobre el que descansa el nivel de satisfacción de la atención y es sólo tras alcanzarla que se puede obtener la satisfacción global con el ámbito organizativo de la atención2.
Es la piedra angular del cuidado médico3, 4, 5, y eje central del modelo organizativo de la asistencia sanitaria institucional6, 7.
Se trata además de una relación donde se presta un servicio de alta significación, por ser la salud uno de las más preciadas aspiraciones del ser humano8, 9.
Ahora bien, para que el médico pueda aplicar sus conocimientos teóricos y técnicos al diagnóstico y tratamiento, es necesario e indispensable establecer un diálogo con el paciente, aún ante el hecho innegable de que en esta relación, como en cualquier relación humana, no es posible la NO COMUNICACIÓN 10, 11, 12, 13, o sea, una en la que por ejemplo el "habla" no se da sólo a través de la palabra14, y en la que la duración del tiempo en la que se desarrolla no debería ser necesariamente una variante limitante para la misma15.
El tratamiento de una enfermedad puede ser enteramente impersonal; pero el cuidado de un paciente debe ser completamente personal16, y por ende de naturaleza multidimensional17, 18.
A pesar de su importancia, existen varias condiciones interrelacionadas que han repercutido negativamente en ella.
El desarrollo tecnológico ha distorsionado el ejercicio de la medicina con la falsa idea de que los nuevos recursos diagnósticos y terapéuticos pueden sustituir el método clínico1, 19. La técnica sola nunca podrá penetrar hasta la profunda raíz de ese ser misterioso llamado ser humano, que tiene necesidades que ni la técnica ni la ciencia pueden satisfacer 8,20.
Las interconsultas con médicos especializados, que provoca un sentimiento difuso respecto de la responsabilidad de cada uno en la toma de decisiones e impide al paciente reconocer a un médico como referente, además del hecho que en América Latina subsiste la creencia arraigada de que la población que demanda los servicios asistenciales no posee las aptitudes necesarias para participar en la toma de decisiones referidas a su salud21.
Al constituirse el modelo hegemónico biologista, que se centra cada vez más en la enfermedad, medios diagnósticos y terapéuticos, que en el mismo paciente, la distancia entre el paciente y su familia y el médico se incrementa, el paciente sabe cada vez menos y debe confiar cada vez menos en sí mismo mientras que el médico cada vez cuenta con más datos, con mejores medios diagnósticos y terapéuticos, incrementando su capacidad de decisión16.
Pero al ingresar en la edad moderna el espíritu social van surgiendo alternativas intelectuales basadas en la horizontalidad y la democracia, en este sentido, la bioética, en tanto disciplina contemporánea, ha evolucionado desde el paternalismo médico (que omitía a la familia, a la sociedad y al Estado) hacia enfoques más abarcativos de la relación médico-paciente21.
Dentro de este cambio de mentalidad surge la noción de autonomía, una nueva visión del paciente, ahora con capacidades "pese a estar enfermo", lo que genera un nuevo modelo de relación asistencial donde el paciente tiene un rol protagónico22, en el que se reconoce su derecho a gestionar su cuerpo, su vida y también su intimidad23, 24.
El concepto de autonomía constituye el reconocimiento a la dignidad de la persona humana y a su capacidad para obrar por propia determinación25.
Aunque si bien el reconocimiento de este principio cuestiona y limita el actuar a través del modelo paternalista, no implica una negación de la autonomía del médico, o que la autonomía del paciente no tenga límites, y se debe tener en cuenta además que de la misma forma que el rol protagónico de los pacientes no disgusta a todos los profesionales, tampoco gusta a todos los pacientes22, 26.
En esta perspectiva, la autonomía se caracteriza como relacional y relativa27. La comunicación en el encuentro será influenciada por ambas partes en mutua influencia28.
Lo principal de esta mentalidad es el ya no ver al paciente sólo desde una mirada anatómico - funcional, sino también social, espiritual; es decir, desde el desarrollo de lo humano, legitimarlo como sujeto de derechos, de promover en los pacientes la puesta en marcha de sus capacidades humanas29.
El paciente debe participar activamente, los profesionales deben facilitar al paciente el conocimiento del pronóstico, riesgos, alternativas terapéuticas y precauciones a través de información clara, sencilla y comprensible, ayudándolo a participar activamente en cada una de las fases de su enfermedad: etiología, evolución, tratamiento y expectativas de los procesos, pudiendo así decidir con conocimiento de causa30.
El médico debe aprender que los dramas morales son tan reales como los fenómenos físicos y su importancia incluso es mucho mayor16, que mantener familiaridad con el paciente no se relaciona con ineficiencia31, y que incluso recuperar el aspecto humanístico de la medicina colocaría al médico en una mejor posición para la toma de decisiones que generan problemas éticos complejos32.
La relación con el paciente ha de basarse en el respeto mutuo y en el reconocimiento de las ventajas que para ambos supone trabajar de forma colaborativa, ambos deben aceptar la incertidumbre que siempre acompaña la traducción de los resultados de las investigaciones a la realidad clínica de un paciente concreto30.
Jamás pudiera ser una relación a través de aparatos, porque tiene que desarrollarse en un contexto humano1.
El tratamiento médico es, en rigor, por su esencia misma, un acto social, sometido a ordenamientos, legales y ejecutado dentro de los grupos sociales a los que el enfermo pertenezca, familia, profesión y amigos33. El acto de demostrar sincera preocupación por y sobre el paciente podría no ser solo un anexo al tratamiento biomédico, sino una intervención biomédica en sí34.
Desde un punto de vista académico, esta noción nos lleva principalmente a resaltar la enseñanza de la valoración de otros resultados del acto clínico diferentes a los meramente objetivos y biomédicos: aquellos que son considerados por los propios pacientes también como de valor, una enseñanza que tendría en cuenta que el paciente ocupa realmente un lugar central, donde lo humano dejaría de tener una prioridad meramente secundaria35.
La educación médica tiene que destacar la importancia de la relación médico-paciente como cimiento de la práctica clínica. Sólo así, a partir de la solidez de esa relación, puede cultivarse la confianza en los procedimientos y tratamientos médicos y plantearse el asesoramiento con fundamento científico sobre otras prácticas, cuando estas conlleven el riesgo de interferir la eficacia de un tratamiento o de perjudicar la salud.36
No se trata de psicologizar al médico, ni de prepararle para el ejercicio de la psiquiatría, sino de otorgarle una herramienta en el abordaje y comprensión de la dimensión psicológica y social del enfermo, una clínica que incluya el estudio del ser humano en esa su dimensión del ser, que le permita desarrollar destrezas específicas, integrarlas al resto de sus conocimientos de la dimensión biológica y desde ahí comprender al paciente, atendiendo a aquellos conceptos y prácticas que le permiten al médico extraer datos útiles para el diagnóstico, pronóstico y tratamiento de su paciente37.
En este contexto, el enfoque de las habilidades de comunicación se representa en una posición fundamental y central como elemento de la formación médica38.

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