Los procesos de reestructuración capitalista a nivel mundial, que tienen lugar desde los inicios de los años setenta del siglo XX, implicaron un conjunto de transformaciones que son fundamentales para comprender el escenario que transiciona a la actual de configuración del mercado de trabajo: una reorganización del capital en las estrategias de generación de excedentes, en consonancia con la consolidación de políticas neoliberales centradas en la financiarización de la economía y de libre mercado. Como efecto, se acentuaron las responsabilidades colectivas en el sostenimiento de la vida de las economías urbanas (Quiroga Diaz & Gago, 2017).
Actualmente, asistimos a formas de trabajo bajo múltiples situaciones de heterogeneidad, formas no clásicas que se vuelven predominantes: subempleo, tercerización, trabajo asalariado no registrado, trabajos temporales, junto a diversas formas de trabajo no asalariado, cuentapropismo, trabajo familiar y comunitario (Antunes, 2009). La relación laboral "típica" o "clásica" -caracterizada por ocupaciones asalariadas de tiempo completo, estables y reguladas, que alcanzan un reconocimiento social a través del derecho, laboral y de protección social- se modifica a nuevos tipos de relación laboral (duración y calidad de los contratos de trabajo) y de condiciones de trabajo deterioradas (de la Garza Toledo, 2009); y también nuevas formas de dominio técnico-científico: avances tecnológicos que llevan a nuevos modos de gerenciamiento y organización del trabajo. La configuración del escenario laboral en el siglo XXI implica una ampliación de las modalidades de trabajo y heterogeneidad de sujetos (según género, etnia, nacionalidad, rango etario, calificación, etc.) e implica como contrapartida una nueva homogeneidad: la precarización.
Robert Castel se pregunta por esta transformación que se refleja en los conceptos, problematizando la oposición empleo-desocupación, y propone como hipótesis "un desplazamiento del empleo clásico hacia formas de actividad por debajo del empleo que podrían desembocar en última instancia en una sociedad de plena actividad, muy diferente de una sociedad de pleno empleo" (2012, p. 127).
Nuevas condiciones y perfiles de trabajo se van extendiendo y profundizando con la finalidad de absolver plusvalía desde mecanismos que no implican la directa explotación del trabajo vivo. Se abre la valorización del capital por fuera del espacio de la fábrica, alterando tiempos, formas, condiciones que traen aparejadas importantes cambios para las y los trabajadores. Este proceso han sido denominado por Mezzadra y Neilson (2016) como "multiplicación del trabajo"; para Ricardo Antunes (2006, p. s/d) una "nueva morfología o polisemia del trabajo". Se plantea desde un carácter heterogéneo en tanto regímenes legales y sociales que institucionalizan diferentes formas de organización y modalidades en la relación mercantil, ya no sólo la conocida relación formal empleado-empleador; su condición diversificada profundiza los límites de la clásica división social y técnica del trabajo, expandiendo las experiencias y condiciones laborales y productivas cada vez más diferenciadas y diversas (combinando en cada división heterogéneas formas de trabajo); y su forma de intensificación empuja a una "tendencia a colonizar la totalidad de la vida de los sujetos" (Mezzadra & Neilson, 2016, p. 142). Estas modalidades se conjugan en el rompimiento de las fronteras clásicas de la fábrica desarrollando una mayor flexibilización y colonización de los tiempos y espacios en la esfera social y personal, así también como (o con la finalidad de) terreno fértil que se subordina a la lógica de la valorización financiera. El trabajo consolida una "cooperación social compleja y altamente heterogénea" (Gago & Mezzadra, 2015, p. 43) con cierta condición de exterioridad del capital frente al trabajo que desdibuja el comando de uno sobre el otro.
La multiplicación del trabajo nos permite reconocer los modos que se reconfigura la organización del trabajo, teniendo como contracara el imperativo de ganarse la vida o el "miedo al hambre" que Polanyi (2012, p. 296) reconoce como motor para el funcionamiento del sistema basado en mercados. Las diversas y heterogéneas formas que asume resignifican el trabajo multiplicando, extendiéndolo a formas de "vida sin salario" (Denning, 2011); que muestran una ampliación del universo de trabajadores y trabajadoras que desbordan la forma asalariada. La no existencia de un salario regular, estable y sostenido desde soportes de seguridad social para amplios sectores de quienes viven de su trabajo, implica la disposición y movimiento de diversas actividades, tareas, tiempos y recursos generadores de ingresos y de infraestructura popular que dan lugar a procesos que permiten producir y reproducir las condiciones materiales de existencia. Allí es donde identificamos economías adjetivadas y autogestionadas: popular, social, solidaria, feminista; desarrolladas por amplios sectores de población con el objetivo de garantizar (en la medida de lo posible), desde el uso de la propia fuerza de trabajo y los recursos disponibles, la satisfacción de necesidades en términos microeconómicos. Por lo tanto, se multiplican actividades que requieren su realización de manera ininterrumpida, de un continuo de movimiento de su trabajo vivo.
A partir de ello es necesario ampliar el concepto de trabajo en múltiples sentidos. Como nuevas formas ocupacionales en la arena económica y, también, recuperando las nociones de diversidad y heterogeneidad como parte de tramas regenerativas de conexiones y relaciones que se multiplican entre trabajadores, familias, agrupamientos y no meramente como una adjetivación descriptiva: economías adjetivadas y autogestionadas como "ecologías diversas" que amalgaman lo heterogéneo. Una ecología diversa donde se "reúnen grupos sociales con miembros que se entrecruzan en lugares de trabajo, redes de amistad, estatutos de propiedad de la tierra, etnias, organizaciones religiosas, diversos regímenes de tenencia y sindicatos, que crean una infraestructura de transacciones movilizadas" (Urban Popular Economy Collective, 2022, p. 1). Como complejos y múltiples modos en que las personas se organizan para construir y forjar una "vida digna de ser vivida" (Narotzky & Besnier, 2020).










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