Señor Editor:
He leído con detenimiento el artículo «Rondas de escucha virtuales como estrategia comunitaria de promoción de la salud mental post-pandemia»1. La experiencia presentada evidencia cómo la virtualidad permitió abrir un espacio para compartir vivencias, expresar inquietudes y sostener un acompañamiento grupal apreciado por quienes participaron. Además de estos aportes, la modalidad en línea invita a mirar también las condiciones que hacen posible o dificultan la presencia de cada persona. En este contexto, deseo poner atención en la brecha digital y en cómo las diferencias en acceso, conectividad y disponibilidad de dispositivos pueden influir en la participación y en la continuidad de las personas dentro de intervenciones comunitarias realizadas en línea.
En los últimos años, el uso de plataformas para encuentros grupales se ha extendido con rapidez, pero su adopción no ha sido igual para todos. Mientras algunos navegan con facilidad por las videollamadas, otros dependen de conexiones inestables, datos móviles limitados o dispositivos compartidos. Estas diferencias pueden parecer detalles técnicos, pero en realidad definen cómo se vive la intervención: condicionan si la persona puede seguir el ritmo de la sesión y, en muchos casos, incluso si llega a participar, tal como se ha observado en estudios sobre acceso a herramientas digitales de salud mental en la comunidad2. Así, la virtualidad amplía las posibilidades de encuentro, pero también introduce una barrera que no siempre se reconoce.
En muchos hogares latinoamericanos la conectividad sigue siendo precaria. No es raro que varias personas dependan del mismo teléfono o laptop, que el acceso a internet varíe por zona geográfica o que el costo de los datos móviles obligue a restringir el uso de cámaras y micrófonos. Estas condiciones generan desigualdades que se vuelven invisibles una vez iniciada la ronda, pues quienes no logran conectarse simplemente quedan fuera. Lo que a primera vista podría interpretarse como falta de interés o disponibilidad, a menudo es consecuencia directa de limitaciones materiales3.
También es importante considerar que la forma de conectarse influye en la vivencia emocional dentro del grupo. Por ejemplo, quien apaga la cámara para ahorrar datos pierde la posibilidad de mostrarse con espontaneidad. A la vez, quien atraviesa cortes constantes interrumpe su relato y puede sentir que ocupa un lugar marginal en la conversación. En esos casos, no se trata solo de fallas técnicas, sino de experiencias que inciden en el sentido de pertenencia y en la continuidad de la escucha. Por eso, en espacios donde la palabra circula y sostiene el encuentro, la presencia simbólica y el intercambio fluido se vuelven decisivos para que el grupo funcione como tal4.
La brecha digital no solo limita el acceso, sino que también termina definiendo quiénes pueden sostener su participación; cuando la conectividad o los recursos tecnológicos son insuficientes, muchas personas quedan fuera, tal como se ha observado en el uso de telemedicina en salud mental5. Así, el grupo se conforma solo con quienes logran superar esas dificultades, y las voces que no llegan siguen siendo parte de la realidad que se busca acompañar. Su ausencia reduce la diversidad de experiencias y limita la comprensión de las distintas formas de atravesar el malestar emocional.
La brecha digital adopta formas distintas y se sostiene en condiciones materiales que influyen en el acceso real a las intervenciones virtuales, tal como se ha observado en servicios comunitarios de salud mental2. En algunos hogares, la conexión depende de paquetes de datos que se consumen en mitad de la sesión; en otros, una sola computadora debe repartirse entre varios integrantes de la familia; y en zonas rurales, los cortes de señal forman parte de la rutina diaria. Estas situaciones reducen las posibilidades de incorporarse a un encuentro y moldean la manera en que cada persona logra mantenerse presente. Cuando estas realidades no se toman en cuenta, la virtualidad puede parecer un espacio abierto para todos, aunque en la práctica deja afuera a quienes enfrentan mayores obstáculos para conectarse.
A partir de lo anterior, me permito proponer algunas acciones que podrían ayudar a reducir estas barreras. Una posibilidad es que las instituciones educativas, organizaciones comunitarias o centros locales habiliten espacios con acceso a internet y equipos disponibles para quienes no cuentan con ellos en sus hogares. También sería útil ofrecer horarios variados, que contemplen las rutinas laborales y familiares de distintos grupos. Asimismo, una breve orientación práctica sobre el uso de las plataformas podría facilitar la participación de quienes no están familiarizados con estos entornos digitales. Finalmente, cuando las condiciones lo permitan, combinar encuentros virtuales con sesiones presenciales puede ampliar la participación y fortalecer los vínculos creados en línea.
Estas medidas apuntan a que la virtualidad no se convierta en una frontera más. El valor de las rondas de escucha está en su capacidad de abrir un espacio seguro y horizontal, donde la palabra tenga un lugar y donde la experiencia compartida permita aliviar, aunque sea por un momento, el peso de las preocupaciones cotidianas. Para que esto sea realmente comunitario, es necesario mirar también las condiciones materiales que permiten -o impiden- que una persona pueda estar presente.
En conclusión, el estudio que motiva la presente carta al editor ofrece una mirada clara sobre las rondas virtuales y sobre lo que significaron para quienes participaron. Incorporar la brecha digital en futuras reflexiones permitiría comprender con mayor detalle cómo las condiciones de acceso influyen en la presencia y continuidad de las personas en estos espacios. Además, atender este aspecto ampliaría el alcance de iniciativas similares y daría lugar a intervenciones que reflejen con mayor precisión la diversidad de situaciones presentes en la comunidad. Por último, la diferencia entre quienes participan sin dificultad y quienes encuentran barreras recuerda un desafío central para la salud mental comunitaria, especialmente en una región donde las desigualdades en conectividad siguen marcando la vida cotidiana.













